Blog de Félix Sautié Mederos
POR UN SOCIALISMO PARTICIPATIVO Y DEMOCRÁTICO

Desde San Judas, me dirigí a los más íntimos receptores de mis sentimientos en un llamado contra la exclusión, la descalificación y la represión a quienes piensan distinto.

Reconocer sin ambages, sin sonrojos de ninguna índole y sin prejuicios estas realidades, considero que es afirmarse en la condición humana inherentes a nuestra naturaleza de seres creados a imagen y semejanzas de Dios; y por eso trato de expresarlo abiertamente y compartirlo con quienes me lean porque quizás les pueda ser propicio para su desarrollo espiritual y social.

En la naturaleza lo bueno y lo malo coexisten en los extremos de una única cuerda existencial y se contraponen en un eterno contrapunteo que requiere de nuestra participación activa para que podamos emerger de estas realidades, algunas sutiles y otras expresas y directas, pero todas presentes, venciendo sus influencias de maldad y asimilando todo lo bueno que la vida nos pueda ofrecer. Quizás algunos descreídos de la espiritualidad propia que concita la vida se burlen y/o menosprecien de estas consideraciones; eso es un asunto de ellos y no los tomo en cuenta para expresar mis sentimientos al respecto. 

De ahí que mis testimonios sobre estas luchas espirituales en mi criterio adquieren determinada importancia en el tiempo y un valor social característico que quisiera que mi elocuencia me permita expresarlo con la mayor claridad posible. Eso es lo que trato de hacer y lo que he estado expresando a lo largo de la espiritualidad prohibida. 

Durante mi tránsito por San Judas muchas actitudes reverdecieron y otras se hicieron presentes. En consecuencia quiero comenzar este capítulo a partir de la tónica con que me he estado expresando al respecto. Me referiré ahora a mi testimonio sobre un llamado contra la exclusión, la descalificación y las represiones contra quienes piensen distinto y que publiqué en aquella época en el periódico El Puerto Información de Andalucía, España, con fecha 21 de febrero del 2004 titulado: “HAY MOMENTOS EN QUE….” . 

Es una crónica que he reiterado en múltiples ocasiones, porque la vida y la lucha existencial que le es inherente me ha llevado a ello, muy en especial en las circunstancias y coyunturas que los cubanos hemos estado viviendo en los últimos cincuenta y tantos años. Cito textual a continuación:

“(…) eso que afirmó Jesús de Nazaret sobre los profetas en su tierra, constituye una verdad que mantiene latente su vigencia en el tiempo y que muchos de nosotros en algunas ocasiones hemos tenido que sufrir durante nuestras vidas. 

Es en esas circunstancias en que, cuando como para conformarnos con lo que nos sucede y ante la impotencia que se nos produce, por no poder defendernos de nuestros detractores sólo atinamos a repetir con cierta resignación la sentencia acuñada que dice que uno no es profeta en su propia tierra. 

Yo considero que deberíamos meditar más profundamente sobre lo que significa esta frase famosa, dejando a un lado los conformismos refranistas, porque lo de la descalificación a los que piensan distinto y/o tienen la “osadía” de poner en duda los dogmas y sofismas que dan basamentos a situaciones improcedentes, así como también la proliferación de adjetivos que desde las instancias generalmente de poder les son colgados a quienes difieren, parten en su conjunto de un trasfondo más intencional y amplio que lo que desde lo externo de tales expresiones descalificadoras aparentan, ya que las prácticas que les describo constituyen una fórmula muy al uso para menospreciar el pensamiento con cabeza propia, para coartar las posibilidades de creación que todos llevamos dentro y que resultan molestas a quienes sólo les interesa mantener las posiciones del poder ya sean del dinero, de la sociedad, de la academia o de la política, así como para impedir que otras personas puedan plantear alternativas muchas veces muy necesarias a las urgencias de salir del estancamiento de una situación dada en que se han enquistado los descalificadores sin dar posibilidad alguna de ser respondidos y mucho menos objetados. 

En este orden de cosas, también debo decir que resulta muy lamentable y poco edificante, la práctica de quienes desde de lo interno de los más grises encumbramientos existenciales, califican y descalifican como procedimiento en todas direcciones y al por mayor a los que les hacen ‘ruido’ a sus conceptos estructurales. 

Comparto todo esto como intercambio de vivencias con ustedes que me leen en la distancia y que con el transcurso del tiempo se han ido convirtiendo en los testigos y receptores de los sentimientos que desde mi apartado rincón de Centro Habana intento relatarles para testimoniar lo que vivo y aprecio directa o indirectamente dentro del medio y las coyunturas en que me encuentro inmerso. 

Hay momentos en que necesitamos compartir nuestras vivencias y constatarlas con otras realidades para salir de los círculos de giro infinito y dar terapia espiritual a nuestros sentimientos acumulados en el día a día.

Comprendo que resulta difícil concebir las generalizaciones necesarias para facilitar el intercambio de ideas y de experiencias al objeto de comparar lo concreto de los hechos con lo abstracto de los valores ético y morales. Valerse de ese poder de generalización y de síntesis es muy importante para la comunicación social, así como para el mejor aprovechamiento en otras circunstancias del medio geográfico, económico, social y político, del mensaje y de las enseñanzas que se desprenden de la observación cotidiana de la vida diaria. 

Yo no soy profeta en mi tierra, incluso algunos piensan que soy motivo de escándalo porque no repito las expresiones acuñadas y hay momentos en que debo esclarecerme mis propias circunstancias y mis propias ideas para no hacer lo que tantas veces critico.” (Fin de la cita).

Evidentemente, la influencia del autoritarismo contra natura imperante en la sociedad cubana contemporánea con toda su rémora de las descalificaciones, de compulsiones y de represiones al pensamiento diferente a que estamos sometidos los cubanos, todos sin excepción, es una de las características que ha marcado nuestras vidas en estos tiempos que vivimos y yo no soy ninguna excepción al respecto. Muchas son las consecuencias morales, espirituales y de índole material que hemos tenido que asimilar más allá de nuestras propias voluntades y autodeterminación. Hemos dejado de ser personas verdaderamente libres. Estamos expuestos a los arbitrios de un sistema socio político y económico que se expresa dentro de una burocracia vertical y autoritaria que no admite cuestionamiento. Eso poco a poco ha ido matando el espíritu de creatividad innato de nuestra condición humana y nos ha reducido al estatus de permanentes subordinados receptores de orientaciones centrales. 

Tampoco se pueden menospreciar las influencias externas enfrentadas que en toda ésta época han tratado de movilizarnos por el hambre y la desesperación en contra del estatus en que estamos enquistados por medio de una genocida política de bloqueo y de guerra económicos, de cuyos efectos el pueblo de a pie es la víctima más directa. 

Cada vez que me ha sido posible he expresado abiertamente mis consideraciones de rechazo a estas situaciones existenciales y mi tránsito por San Judas no significó algo distinto sobre el problema que planteo, antes por el contrario significó una especial agudización de mis sentimientos y sobre todo de mi conciencia experimentados como resultado de mis ejercicios de espiritualidad en ese ámbito de Dios. En definitiva, fueron un factor de radicalización de mis crónicas, artículos e intervenciones con una mayor inclinación hacia los llamamientos a la conciencia de mis lectores. En estas circunstancias publiqué en El Puerto Información una crónica con el título “MÁS ACOSO PARA LAS FAMILIAS CUBANAS…” con fecha 12 de julio del 2004, que cito a continuación:

“(…) las situaciones límites en que se desenvuelve la sociedad cubana contemporánea se agudizan por días y puedo decirles, sin miedo a equivocarme, que nos encontramos en un punto en el que peligra, incluso el que nuestra nación pueda continuar siendo independiente, así como la posibilidad de mantener un desenvolvimiento y una convivencia social viable y adecuada. 

Los enfrentamientos, los odios, los rencores, la imposición de las ideas sin tener en cuenta el libre albedrío y la libertad de conciencia que nos son inherentes como seres humanos, así como una diáspora que cada vez se hace mayor, se mueven diariamente dentro de nosotros mismos, azuzados desde afuera por los grandes intereses de una potencia hegemónica que se ha declarado garante de nuestra soberanía, libertad e independencia, sin que se lo hayamos pedido para nada que lo haga. 

Estos esfuerzos hegemónicos se suman y agravan internamente, lejos de solucionarlos, los grandes desgastes, las profundas contradicciones entre los deseos y las realidades, entre la palabra y los hechos que se complementan con inflexibilidades, agudos problemas económicos marcados por errores de concepción y de aplicación, así como por un unilateral y persistente bloqueo impuesto por esa misma más poderosa nación del mundo, que a 90 millas de nuestro territorio se resiste a tolerar un rumbo independiente para Cuba y que los cubanos resolvamos nuestros problemas por nosotros mismos. 

En medio de las grandes pujas y realidades políticas, asistiendo como víctima expiatoria, se encuentra la inmensa mayoría del pueblo cubano, que a pesar de la magnitud de la diáspora que tristemente hoy nos divide ( se calcula que han emigrado de forma definitiva y que viven fuera del país más de 1,500,000 cubanos de los cuales un 1,300,000 residen en los Estados Unidos y los demás están dispersos en diversos países del mundo, con España en primer lugar y en total somos más de 11 millones) afrontamos directamente las penurias, las contradicciones, los constantes acosos, las medidas y las contra medidas, así como un aislamiento de origen externo e interno que cada vez nos ahoga más. 

En estas circunstancias, el pasado 30 de junio se pusieron en vigor por fin las medidas anunciadas por el Gobierno Norteamericano recomendadas por una comisión que se ha abrogado el derecho, según ellos, de Ayudar a una Cuba Libre planteando en realidad una verdadera intromisión en los asuntos internos de nuestro país a favor del proceso de neocolonización tan añorado por los intereses hegemónicos de los Estados Unidos inmemorialmente. Una de las medidas más sensiblemente dañina, inaceptable e incluso de verdadero efecto controvertido en contra de los mismos que la han planteado, es la prohibición de que los cubanos residentes en los EU viajen a visitar sus familiares en Cuba cuando lo deseen o lo necesiten, pues sólo desde ahora lo podrán hacer una vez cada 3 años y con severas limitaciones de tiempo y de posibilidades de ayuda. 

Esto viola los más elementales derechos de las familias que ni desde adentro como sucediera en un pasado ya superado hoy, ni desde afuera, nadie por mucho poder y autoridad que posea con ninguna justificación válida, tiene derecho a hacerlo. Amigos, he vivido desde dentro el gran dolor y la mucha angustia que esto nos motiva. Así las cosas.” (Fin de la cita) 

Mi concepto es que la parcelación de nuestros sentimientos y consideraciones sobre el particular, como parte de la gran polarización que nos ha fragmentado en dos grandes bandos, a favor y en contra, no debería llevarnos a ver los problemas que nos aquejan sólo desde una única óptica, parte del asunto, porque no podríamos acertar en la búsqueda de soluciones. Si en lo interno estamos comprimidos por un autoritarismo contra natura que ahoga a nuestro libre albedrío, paralelamente desde el exterior hay fuerzas muy poderosas que quieren rendirnos al arbitrio de sus muy especiales intereses manifestados como si fueran los nuestros, que eclosionan contras las fuerzas internas con la población en medio haciendo las veces de “carne de cañón”. 

Así es como muchos nos vemos y quiero dejar constancia de estos sentimientos. En ese mismo año 2004 realicé un viaje a España, en donde se encontraban entonces dos hijos míos de crianza (pues en los momentos en que escribo este capítulo, abril 2012, tengo 5 hijos en total viviendo en el exterior) y mis sentimientos de padre y ciudadano reducido a ser receptor de orientaciones y golpeado por los avatares que he estado describiendo, durante aquel viaje se removieron intensamente, lo que expliqué en una crónica publicada en El Puerto Información con fecha 31 de julio del 2004 y el título “CON LA DIÁSPORA DETRÁS.”, que es explícita de lo que estoy planteando. Cito textual:

“(…) después de un breve viaje a España, de nuevo les escribo desde La Habana y quisiera expresarles el testimonio de mis vivencias al regreso, porque cuando se vive dentro de un aislamiento tan grande como el que sufrimos los cubanos de adentro, un viaje al exterior constituye un hecho de una significación muy especial e incluso añorado por muchos para quedarse afuera del país. 

Hablo de cubanos de adentro porque una primera distinción necesaria es plantearnos claramente el hecho de que aunque la mayoría de los cubanos estamos dentro del país hay un número creciente que siendo tan cubanos como lo somos nosotros, vive disperso por el mundo en una diáspora que aumenta día a día y desarrolla diferencias de percepción. 

En este orden de cosas voy a escribirles sobre mis sentimientos al regreso previsto desde que comencé mí salida hacia el exterior, lo cual constituye una gran diferencia con los que viajan para establecerse definitivamente afuera del país. Y comienzo por contarles de mis pensamientos durante la espera en el Aeropuerto de Barajas, del avión de Iberia que me llevaría de nuevo hacia mi Habana querida, mis sentimientos en esos momentos fueron intermitentes y angustiosos porque mientras que me parecía que la estancia en la España ancestral había sido muy breve y fugaz ansiaba encontrarme de nuevo con mi Habana, donde me esperaban los míos de adentro: mi esposa, parte de mis hijos, mis amigos y colegas de siempre, mi perro El Jordi, mi casa, mi ambiente familiar y mis problemas y penurias que se identifican plenamente con los problemas y penurias experimentados por mis compatriotas en general y muy especialmente los habaneros de la Centro Habana en que vivo. 

Me referí sólo a parte de mis hijos, porque tengo dos hijos establecidos definitivamente afuera del país, y por tanto dentro de la diáspora y en España precisamente. Aquí hay un primer problema de sentimientos, pues el regreso significa un reencuentro con los afectos habituales y cotidianos y un dejar detrás a los de la diáspora, que pude ver y encontrarme con ellos durante la brevedad de una estancia que había terminado en el momento que pasé por el control de pasaportes del Aeropuerto de Barajas. 

Un primer problema insoluble, porque quizás nunca más podríamos estar todos viviendo juntos en un mismo país, y esa angustia la sentí con mucha fuerza en aquel punto intermedio que son los aeropuertos y sus salas de espera de los aviones que se van a tomar, espacios que constituyen una especie de limbo entre un lugar y otro de la geografía, en mi caso una orilla y otra del mar que nos separa y que nos unen a los que vivimos en el Caribe con los que viven en España. 

Entonces se me produjo un desgarramiento interior inenarrable por la unión de dos añoranzas contrapuestas y controvertidas. Dolor por los que dejo atrás y tristes temores de que quizás no pueda volver a verlos, ideas que me asaltaron sin tener fundamento pero que tuve que hacer esfuerzos para cambiarlas con otras ideas rebuscadas en mi mente; y entonces ese dolor en una extraña química se mezcló con el deseo de ver a quienes me esperaban del otro lado del océano. 

Todo un desasosiego de no fácil solución que nos desestabiliza internamente y que nos marca para siempre. La diáspora y sus consecuencias la sentí más allá de lo que a diario escribo y hablo al respecto, fue un dolor vivido desde dentro. Así lo sentí y así lo testimonio.” (Fin de la cita)

Son muchas las angustias que he vivido, pero no más que las de todo el pueblo del cual formo parte y los testimonios que estoy expresando en La Espiritualidad Prohibida, quisiera que se proyectaran hacia el futuro, para cuando las cosas a que me refiero se hayan normalizado, porque sé que no podrán eternizarse y es mi convicción más profunda, entonces quede mi modesto testimonio como expresión de una época que espero no habrá de repetirse.

Continuará. 

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