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Blog de Félix Sautié Mederos

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02 Jul 12
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Algunas preocupaciones existenciales suscitadas durante mi tránsito por San Judas. La muerte y el ego que todos llevamos dentro.

CCXIX. Mis archivos de la época de mi tránsito por San Judas no se agotan y en la recopilación que realizo para escribir “La Espiritualidad Prohibida” sigo encontrando acontecimientos y temas que no debería obviar en mis memorias; a veces pienso que trato de hacerlas muy detalladas y cuando las contrasto con los empeños de otros al respecto, me doy cuenta que quizás los míos son suigéneris en sí mismos, pero, por otra parte, encuentro un sentido y un determinado sentimiento existencial que me anima a continuar adelante con mis testimonios, confesiones y consideraciones porque pienso que pueden resultar de utilidad para quienes me lean en el presente y en el futuro. No me canso de reiterar estos propósitos que justifican lo que estoy haciendo al respeto.

En esta ocasión he encontrado que de manera muy significativa en algunas de mis crónicas del año 2004, escritas después de haber pasado por la experiencias de ciclones y tormentas que han producido destrucción y devastación en el ámbito nacional, denotan un muy especial conjunto de sentimientos y preocupaciones existenciales entre los que se encuentran el sentido de la vida y de la muerte muy significativamente destacado.

Cuando medito sobre tales circunstancias y expresiones, comprendo mejor que la existencia es siempre camino y lucha rumbo a la luz de la verdad y del perfeccionamiento esencial de todo lo existente, porque si nos detuviéramos todo acabaría en un gran “Big Bang” de retroceso. El universo en que nos encontramos insertados y nosotros mismos como criaturas a imagen y semejanza de Dios, somos siempre perfectibles y muy especialmente en función de los dones esenciales del libre albedrío y de la libertad de creación, debemos preocuparnos y ocuparnos de ello como partes vitales del movimiento; es nuestro destino verdadero. Lo demás está en manos de Dios, lo que afirmo con toda fe porque sin fe viviría en medio del hastío y de la desolación existencial.

Así es que el 27 de septiembre del 2004 en el periódico El Puerto Información, de Andalucía, España, publiqué una crónica con el título “PENSAR EL FUTURO” que es una expresión de esos sentimientos existenciales expresados en aquellos momentos y que cito a continuación:

“(…) la necesidad de pensar el futuro es algo implícito en la capacidad de raciocinio que tenemos los seres humanos, que se diferencia de los instintos que poseen los animales. Es algo que tiene que ver directamente con los dones del libre albedrío y de la creatividad que no son inherentes como esencias de la imagen y semejanza con nuestro Padre Creador, con que fuimos concebidos y que por tanto constituye una esencia básica de la condición humana que ningún poder temporal que haya existido, que exista y que pueda existir tiene justificación moral válida de algún tipo que avale la acción de ahogarla o no tomarlas en cuenta. 

En estas condiciones es responsabilidad de los seres humanos ejercer su libertad de pensar y de crear como fundamento de todo su desarrollo proyectado hacia el futuro. La vida es tránsito, en definitiva, y corresponde a cada cual decidir sus derroteros como base de una real realización humana. La justicia social y la equidad distributiva no pueden ser plenas y reales, si en su nombre se coartan o suprimen estas esencias humanas, porque sería como crear un gran pastoreo en una granja con animales bien alimentados y cuidados que han perdido la condición de seres con determinación propia sobre su destino y posibilidades de alcanzar todo el desarrollo que su pensamiento y su creatividad puedan plantearse. 

Esto es algo que cuando no se ha perdido del todo resulta difícil de comprender, pero que cuando se nos plantean limitaciones para ejercerlo a plenitud constatamos que la existencia pierde todo el hermoso sentido que le resulta inherente. Cuando una persona se decide a ejercer su propio pensamiento y poner en práctica la creatividad de que ha sido dotada por Dios, nada ni nadie podrá detenerla en su ejercicio, porque sólo quitándole la existencia podrían impedírselo, ya que aún aprisionada no podría controlarse su pensamiento, porque sólo nosotros mismos somos los que podemos limitarnos en el pensamiento y subordinarnos a la condición, dependiente de cualquier poder externo que por medio del control social y del miedo nos subordine. 

De aquí que cuando esas situaciones se nos presentan en la vida cotidiana lo que resulta muy frecuente en las diversas latitudes de nuestro Universo, encontramos como constante un sostenido esfuerzo por establecer un pensamiento único subordinado al centro de poder y una concurrente labor de desprestigio y represión a los que se atreven a pensar con toda la independencia y autoridad de que hemos sido dotados por nuestro Creador, incluso se llega hasta negar entonces la existencia de Dios, porque se les hace molesta para sus fines. 

En estas circunstancias y como experiencia de los años que he vivido en medio de las más complejas coyunturas, que no son pocas dada mi edad, debo decirles que a diario me convenzo con mayor fuerza que por encima del ejercicio de la libertad de conciencia, de pensamiento y de creatividad no hay ninguna otra urgencia que nos resulte más importante. Por eso en la práctica que hago de la enseñanza con los que son mucho más jóvenes que yo, siempre les priorizo como base programática su libertad de pensar para cuestionar, incluso lo que les enseño, y sobre todo les insisto en que nunca deben perder sus capacidades de creación en medio de las tendencias burdas que propugnan la dependencia y el seguimiento acrítico.

Pensar el futuro es un derecho y un deber para lograr realmente un mundo mejor”. (Fin de la Cita).

En consecuencia de lo planteado, debo decir que pensar el futuro en medio de las circunstancias existenciales en que nos encontramos enclavados en la Cuba que he vivido y desde la cual escribo, aparece como primera prioridad de nuestro peregrinaje por este mundo enfrentarse a los hastíos de vacío y descreimientos que nos asaltan por causa del enquistamiento que en que nos encontramos atrapados. En este sentido, poco tiempo después de la crónica antes señalada, publiqué en El Puerto Información, de Andalucía, España, con fecha 11 de octubre del 2004 y el título “ENFRENTAR AL VACÍO Y AL DESCREÍMIENTO” que cito a continuación y que considero quizás una segunda parte de la anterior:

“(…) hay problemas que son imperceptibles y que nos corroen por dentro hasta un punto que hacen muy difícil su solución, por eso debemos estar siempre alertas y tener la actitud de reconocer que nos equivocamos o tomamos un rumbo que nos lleva a una equivocación y quizás eso sea lo más complicado de todo: la tentación de que soy lo único perfecto y la exigencia de que sólo es verdad lo que yo pienso, porque los otros son los que no tienen razón, es la forma en que aflora un ego que deberíamos dejar atrás; por algo Jesús nos dijo: niéguese a sí mismo cargue su cruz y sígame. 

Negarse a sí mismo es sacudirse de todo error, todo vicio, toda maldad, toda desesperanza, en fin todo lo que no nos es conveniente para continuar la vida de un modo distinto y marchar en busca de la justicia y de la verdad. Aquí hay un problema muy importante: identificar lo que cada cual debe dejar a un lado que no es lo mismo para todos, porque cada persona y cada circunstancia tienen sus problemas y realidades y ahí la rigidez de los intolerantes por esencia misma y la intolerancia incluso de los que dicen luchar contra la intolerancia, que hacen tabla rasa de todo y pugnan por uniformar todas las realidades y por controlar todos los esfuerzos; y nos vemos acorralados entre grandes masas de pensamiento que juzgan interesadamente nuestros criterios, así como nuestras razones y no sabemos por dónde comenzar porque por todas partes nos vemos cerrados. 

Entonces la respuesta más socorrida es el desengaño absoluto que nos lleva al vacío y a no formar parte de nada, pasamos al mundo de los abstenidos que se desgarran a sí mismos, porque han perdido toda fe y les da igual una cosa u otra, todo lo juzgan con una misma sentencia, dudan de los demás sin excepciones y la vida se les hace monótona e insoportable, además su descreimiento desanima y desacelera a los que los rodean logrando un efecto retardatario hacia los demás.

Todo se vacía y el vacío lo es todo sin encontrar razones para el futuro e impulsos para enfrentar las adversidades. En estas circunstancias cuando se les presenta una nueva posibilidad en la que otros creen, la juzgan como igual a todo lo malo que ellos piensan y no le dan credibilidad a nada ni a nadie. Aquí entonces lo que podría ser una actitud estrictamente personal adquiere una trascendencia social de desánimo para los demás y el vacío que los envuelve desborda sus límites y se proyecta hacia los que los rodean con un efecto contaminante y corrosivo. 

Es en estas circunstancias que el optimismo al enfrentar la vida deviene necesidad de primer orden, para no dejarse llevar por el vacío que pugna por abarcarlo todo y que inmoviliza indiscriminadamente. Esto es como una epidemia de individualismo que nos va rodeando estimulada por un mundo cada vez más material en el que los valores del espíritu no cuentan para nada y que se retroalimenta a sí misma con el miedo como aliado, porque el miedo coadyuva con la inmovilidad en el pensamiento y en las obras para fundirse con el vacío y la falta de fe como un todo absoluto que no admite cambios ni desarrollos.

Muchas veces estas actitudes nos van rodeando y no nos damos cuenta de su existencia. Quizás, tendríamos que hacernos más perspicaces y salir de nuestros propios problemas, aunque sea por momentos para ver lo que sucede a nuestro alrededor, porque una buena parte de las soluciones que necesitamos para el futuro dependen del esfuerzo mancomunado y de la capacidad para enfrentar al vacío y al descreimiento”. (Fin de la cita)

En medio de esas preocupaciones nuevamente me sorprendió la muerte de un amigo, lo que ha sido una constante dentro del tiempo que he vivido; familiares, amigos, conocidos, coetáneos y personas en general, que van terminando su tránsito terrenal y que se transforman sustancialmente en las esencias espirituales a que estamos destinados. En consecuencia ese acontecimiento no silenció mis preocupaciones existenciales y escribí una crónica muy sentida al respecto con el título “OTRA CIUDAD QUE NO SE ACABA”, que publiqué en El Puerto Información, de Andalucía, España, con fecha 16 de octubre del 2004, la que cito a continuación: 

“(…) les escribo hoy con gran tristeza y con el corazón contristo, porque la muerte que siempre nos acecha cuando se nos presenta cercana y nos sorprende nos deja con muy pocas posibilidades de acudir a los conceptos básicos sobre sus orígenes y esencias, porque un dolor nos invade nublando nuestros entendimientos que no se acostumbran a la idea de tránsito y peregrinaje con que venimos a este mundo. 

Sé por experiencia propia que hablar o escribir sobre sus esencias filosóficas y/o teológicas desde fuera de su alcance inmediato no resulta muy difícil, pero cuando nos toca con alguien en su juventud, a quien conocemos y apreciamos como útil, necesario e incluso bondadoso y entregado al amor por los demás, entonces nos preguntamos en medio de nuestra consternación, la causa de que la muerte lo haya alcanzado precisamente sin que pudiera ser esperada, de inmediato, y más aún en coyunturas en que su utilidad social es de importancia evidente y cuando como colofón deja tras sí hijos menores, esposa y familia en vejez que necesitan con angustia sus esfuerzos, atención y amor. 

Es aquí un momento en que nuestro sentido de la Justicia Suprema inherente a la Creación se pone a prueba y cuando las convicciones cristianas sobre Dios y su bondad infinita entran en el campo del misterio en que sólo la fe nos puede guiar. Esa ha sido mi experiencia reciente, cuando el teléfono sonó de madrugada avanzada y me anunciaron la muerte repentina en esos precisos instantes de un profesor joven, amigo y compañero cercano en quien teníamos depositadas importantes responsabilidades en nuestro Instituto Teológico Ecuménico, donde sus alumnos y colegas apreciaban en alto grado su saber y maestría, que siempre pasaron por encima de sus errores humanos propios de todos, para imponerse como sello de sus capacidades y esfuerzos con el propósito de llevar la luz y la verdad a los que lo rodeaban. 

Les hablo de un hombre de Dios querido por sus hermanos y rechazado por los enemigos de la Fe y de la Religión, porque con su verbo nunca dejó de fustigar a la injusticia y a la ignominia. Las circunstancias de su muerte por la hora en que ocurrieron determinaron que muchos de sus alumnos lo supieran precisamente al iniciarse el turno de la clase que debía dictar temprano en la mañana del día lectivo sabatino. Fue sorpresa y choque que a todos acongojó, pero una lección dura y realista de que siempre nos puede llegar cuando menos lo esperamos y de que tenemos que mantenernos prestos y en vigilia para responder por nuestras obras y dar cuenta de nuestras vidas. 

Quizás en medio del dolor es esta la mayor enseñanza que tendríamos que asimilar para hacernos mejores, para servir a los demás en todo momento y lugar, así como para ofrecer nuestro amor y nuestra bondad a todos sin descanso ni interrupciones. Mi colega Lázaro Rodríguez Lage, apenas sobrepasados sus 40 años, había defendido recientemente una maestría sobre la espiritualidad de San Juan de la Cruz, donde su amor por la mística carmelita fue brillantemente expuesto y después de muchas vicisitudes en su vida personal, cuando sus cosas tomaban el nivel de la normalidad, de repente Dios lo llamó al Reino de los buenos en una Ciudad que no se acaba, sin penas ni tristezas, Ciudad de Eternidad, como dice la canción que cantamos camino a su tumba. Este es mi testimonio y lo comparto con ustedes en medio de mi dolor.” (Fin de la cita)

Pero como la vida no se acaba y como la Casa del Padre tiene muchas habitaciones para todos, aún en los fines del Universo los que tenemos fe cristiana sabemos que en esos instantes anunciados en los Evangelios vendrá Jesús a juzgar vivos y muertos y comenzará para todos una nueva era existencial; en consecuencia, después de la muerte de mi compañero de afanes docentes y cristianos, continué con mis preocupaciones existenciales de aquellos momentos y de nuevo me sentí atrapado en nuestros problemas existenciales que me llevaron a expresarme explícitamente al respecto en una crónica publicada en El Puerto Información, de Andalucía, España, con el título “UNA INTRANSIGENCIA NOS AHOGA” con fecha 18 de octubre del 2004 que cito a continuación: 

“(…) una intransigencia que nos ahoga se manifiesta recurrentemente dentro los medios sociales que me rodean, es una voluntad que incluso puja por imponerse sobre las circunstancias en que se mueve la vida, pasando aún por encima de los cauces que la lógica social y la naturaleza determinan como los más apropiados para nuestro desenvolvimiento cotidiano. 

La intransigencia de que les hablo va más allá de las concepciones de la política, la economía y la religión porque se manifiesta dentro de las diversas partes de las posiciones encontradas, como componente de signos de diferente naturaleza que se contraponen, pero que a la vez concuerdan en sus métodos para ver y afrontar el desenvolvimiento de la vida. Esta intransigencia se mueve sobre nosotros con efectos paralizantes y alimenta el desencanto y el vacío espiritual en las personas, lo que es dañino para la salud de la sociedad y para el futuro que se tiene por delante. 

Las posturas intransigentes a ultranza generan también un gran empobrecimiento en el mundo de las ideas y de la creatividad, que es un mundo que pertenece al constante devenir de la vida, donde lo básico es el movimiento. En el pasado, pensadores griegos como Heráclito identificaron claramente que todo en la vida cambia y fluye al punto de que no es posible bañarse dos veces en el agua del mismo río. Es aquí, precisamente, donde la intransigencia generalizada se convierte en un factor de retroceso, porque cierra las posibilidades conceptuales que nos permiten comprender la realidad y la necesidad del movimiento y el cambio como factores esenciales de la vida. 

Otro aspecto al que la intransigencia daña sensiblemente, se localiza en la posibilidad y la urgencia del encuentro y del diálogo que deben caracterizar al desenvolvimiento de una sociedad que a escala universal se hace cada vez más interdependiente, como consecuencia del gran desarrollo que marcan los avances de la ciencia y de la tecnología. La intransigencia aísla porque le niega toda posibilidad a las posiciones y las ideas de los otros, ya que se basa sólo en sus concepciones, que llegan a convertirse para los intransigentes en lo único verdadero y lo único posible, menospreciando a los demás. En estas circunstancias la generalización de la intransigencia en contrarios que se retroalimentan unos a otros en su propia manera de pensar y de actuar, determina una dirección al desenvolvimiento de la vida social y la conduce a futuros sin salidas tranquilas y posibles, pues los choques de la intransigencia en la medida que sus posiciones se generalizan siempre habrán de ser violentos y cruentos, lo que presagia rupturas, fracasos y empobrecimientos de la vida. Y lo peor de todo es que quienes se casan con la intransigencia pierden el sentido de la autocrítica y se ponen ante todo a merced de sus propias inconsecuencias y errores, negando, incluso, la realidad del conocimiento interdisciplinario y el papel de los especialistas en el desarrollo. 

Es, por tanto, esa intransigencia ciega muy peligrosa, incluso para sus propias concepciones y para la estabilidad de sus obras pues sólo ven la paja en los ojos de los demás y nunca la viga en sus propios ojos. Mientras las intransigencias de uno y otro signo chocan encontradas, la vida avanza y muchos van entendiendo, incluso como resultado de sus propios instintos de conservación, que deben pasarle por arriba y nunca tomarlas en cuenta, para buscar los caminos y los puentes que propicien el encuentro y el diálogo. Así lo vivo y así lo testimonio.” (Fin de la cita)

Y como colofón de la expresión de mis preocupaciones y sentimientos en aquel año 2004 de tránsito por San Judas, no pude quedarme callado ante el ego descarnado que daba centro a esa intransigencia que nos ahoga, aún hoy cuando escribo el presente capítulo (Mayo del 2012); con fecha 25 de octubre del 2004 publiqué en El Puerto Información, de Andalucía, España, una crónica con el título “EL EGO QUE LLEVAMOS DENTRO” que cito a continuación:

“(…) quizás uno de los mayores enemigos de quienes pretendemos trabajar con y por los demás es el ego que todos llevamos dentro y que constantemente puja por salirse hacia el exterior y dominar nuestros actos, nuestros intereses y las perspectivas del futuro que tenemos por delante. Todos poseemos un ego que debemos atender en aras de alcanzar niveles adecuados de nuestra propia autoestima, pero siempre los límites del ego personal y de la necesaria autoestima constituyen un asunto complejo y determinante para el desenvolvimiento de nuestra vida social y del papel que debemos desempeñar en las relaciones con los demás. 

Hasta dónde debe llegar nuestro ego para obtener una autoestima positiva y necesaria para que nuestra vida sea útil y próspera, es el asunto que debemos solucionar con inteligencia y nobleza de espíritu. Todo egoísmo deviene un acto innoble, en definitiva, y más innoble aún cuando daña la vida de la sociedad. Un líder no puede permitirse la preponderancia del ego por encima de los intereses de la comunidad. El ego es un enemigo perverso que se desarrolla en forma sutil y persistente alimentado por los elogios, los reconocimientos y la adulonería.

La intransigencia y el dogmatismo coadyuvan en estos procesos incentivando a nuestro ego, a partir de un conjunto de concepciones que nos llevan a pensar que la verdad es verdad porque nosotros la decimos, y que los demás tienen poco que añadir fuera de las concepciones que hemos acuñado como las verdaderas por nuestra cuenta y riesgo. 

Una deformación muy importante del ego es la pérdida de un sentido autocrítico de la vida que nos lleva siempre a culpar a los demás de los problemas que se nos presentan, porque no somos capaces de buscar la responsabilidad que nos corresponde y pensamos que nosotros siempre hacemos lo correcto y lo único posible, sin ver que la acción colectiva es lo verdaderamente eficaz en un mundo donde el conocimiento de la ciencia, de la tecnología y del desarrollo de los seres humanos se ha extendido tanto que sólo puede ser abarcado por el pensamiento y la acción interdisciplinaria y especializada. 

La interdependencia se hace cada día más necesaria e imprescindible y el mayor enemigo que puede tener esta concepción es el ego que se impone por sobre los demás. El ego es como Saturno devora a sus propios hijos e incluso a sí mismo y alcanza un punto de dominio sobre nuestra vida que se nos hace imposible reconocerlo como tal, porque nos lleva al convencimiento de que sólo nosotros tenemos la razón y se diluye dentro de una personalidad que ha perdido todo juicio objetivo para reconocer que se ha enfermado con una dolencia crónica con muy pocas posibilidades de ser curada. 

El ego incluso limita sus posibilidades de contagio, cuando ha llegado a un punto tan avanzado de desarrollo que impide reconocer ego en los demás, porque pierde toda la conciencia de su existencia para reconocerse sólo a sí mismo y para concederle a los demás posibilidades de desarrollo independiente. Entonces el ego en esas circunstancias ha llegado a un punto de gravedad que se hace irreversible para siempre en nosotros y nos acompaña hasta la tumba frustrando todo lo que se le pone a su alcance y haciendo un daño de incalculables proporciones a nuestro alrededor. Por todo esto y por mucho más que se me escapa, es que debemos estar siempre alertas con nuestro propio ego y con el de los demás que nos rodean.” (Fin de la cita)

Ese refrán que dice que no hay nada como el paso de un día tras de otro, ha confirmado en el panorama nacional e internacional, en mi criterio, las consideraciones que en aquel momento expresé sobre la acción dañina y la autodestrucción propia de los egos desmedidos. 

Publicado en Unicornio

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Félix Sautié Mederos

Licenciado en Ciencias Sociales, especializado en Economía. Licenciado en Estudios Bíblicos y Teológicos. Corresponsal Permanente en Cuba de la Revista Tiempo de Paz...  Leer más