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Blog de Félix Sautié Mederos

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08 Jul 12
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Una mirada hacia mi entorno desde mi tránsito por San Judas. Las angustias existenciales y el miedo al futuro.

CCXX. El año 2004 y los inicios del 2005 enmarcaron una importante etapa de maduración de mis sentimientos religiosos y sociales en medio de una espiritualidad muy sentida que se renovaba y fortalecía en mi ser interior, como consecuencia del ambiente y el ejercicio de la mística escolapia característica de aquel Santuario ubicado en el corazón del empobrecido barrio de Los Sitios, en donde prevalece la religiosidad popular surgida del sincretismo forjado históricamente por los cultos de origen africano y el cristianismo fundacional de nuestros propios orígenes ancestrales.

   

El templo católico y el entorno, pletóricos de recurrentes cultos cristianos y cultos sincréticos forman un conjunto urbano en el que se hace realidad el “todo mezclado” que anuncia Nicolás Guillen en sus versos de temas ancestrales ante los cuales cuando se tiene sensibilidad mística es muy difícil ser indiferente. Caminar por los calles de aquel barrio y de Centro Habana en general, es hacer un recorrido por la historia del mestizaje que da identidad propia y razón de ser a nuestros más íntimos fundamentos de identidad nacional. Allí se respira y se manifiesta el pueblo cubano de a pie, con sus creencias, sus costumbres, sus tradiciones, su historia y su cultura.

En mi criterio cuando se recorren esos ámbitos de Centro Habana con el concepto cristiano de “opción por los pobres”, nuestros sentimientos existenciales se revitalizan sensiblemente porque realizamos un contacto directo muy especial con los seres humanos menos favorecidos, nuestros hermanos vistos desde adentro de las complejidades sociales que estamos viviendo. 

En esa etapa publiqué en El Puerto Información algunas crónicas testimoniales que recogen estampas y situaciones que quizás algún día sean historia de un pasado que no se debería olvidar.

Así fue que con fecha 23 de octubre del 2004 publiqué con mucho sentimiento en El Puerto Información, de Andalucía, España, una crónica con el título “MIENTRAS MIRABA UNA NIÑITA”, que cito a continuación:

“(…) hace algunos días, mientras miraba a una niñita caminando junto con su madre rumbo a una de las escuelas de mi barrio, me asaltaron preocupaciones y angustias que quisiera compartir con ustedes como cronista de mi época y de mis circunstancias, porque la inocencia y la disposición infantil que denotaba su andar seguro y tranquilo se me hizo muy contrastante con las realidades convulsas de polarización creciente y presagios complicados en que se desenvuelven las coyunturas que me rodean, negadas en sus esencias por quienes no quieren verlas por miedo y/o por oportunismo y magnificadas por quienes se mueven en pos de la revancha y de los odios. 

Somos rehenes de grandes confrontaciones y de grandes cúpulas que se enfrentan en torno a nuestra vida y nuestro destino, pero que convergen en su desinterés porque las partes más afectadas tomen conciencia de sus verdaderas posibilidades de participación en la realización del cambio progresista de esos problemas.

Es lógico que la niñita no tuviera preocupaciones y también es normal que a su edad el trayecto hacia la escuela fuera parte del gran juego que para los niños devienen esos primeros años de su educación. En cambio, la madre como parte de la masa caminaba posiblemente desinformada de las situaciones y conflictos que recordé, pero víctima evidente de sus efectos y de las limitaciones con que subsistimos en medio de múltiples carencias y constantes anuncios de medidas, restricciones y amenazas de guerras. 

En esas circunstancias ambas iban rumbo a una escuela en donde se imparte una educación gratuita y universal con problemas y dificultades que no se toman en cuenta por los triunfalismos con que se proclama, pero que también debemos decir que es una de las grandes conquistas que corren el peligro de ser anuladas por los bloqueos, las imposiciones externas y las revanchas anunciadas. 

La niñita, e incluso la madre, nacieron en una sociedad bloqueada desde afuera y enquistada desde adentro, llena de penurias y privaciones, cuyos destinos depende mucho, en mi criterio, del encuentro, el diálogo, la reconciliación y el consenso con vistas a un futuro de progreso, paz y justicia. Eso es lo que tenemos en juego todos los que vivimos aquí y deberíamos ponernos por encima de las polarizaciones y de los desencuentros para buscar puntos que nos unan en el presente y que nos permitan avanzar hacia el futuro, pasando por encima de todos los egos que nublan los entendimientos. 

También, me dije que la madre podría ser en esos momentos sólo una apariencia externa de tranquilidad, porque cuando los adultos conversamos el desencanto generalizado se plantea en voz baja y con sutileza, pero como una realidad que nos envuelve. Entonces pensé que hay puntos muy concretos que dan bases para el encuentro de todos, como serían entre otros la defensa de nuestra soberanía frente a las ingerencias, la eliminación de los bloqueos y los autobloqueos que dañan principalmente a los más débiles, la creación de reales oportunidades de desarrollo individual y colectivo que permitan una vida mejor en un medio ecológicamente preservado, hacer en resumen que la dignidad de todos sea más que un precepto constitucional para convertirse en una realidad palpable con todos y para el bien de todos, como quiso Martí, con respeto a la diversidad y las minorías. Plantearnos que la paz, la solidaridad y la tranquilidad imperen en nuestra dialéctica de cambios y desarrollos hacia el futuro.” (Fin de la cita)

Otro choque emocional en esa época fue una exposición de esculturas que mi hijo Alejandro presentó en La Habana, motivadora de sentimientos y experiencias que se mezclaron con mis meditaciones existenciales, en relación con las realidades que entonces estábamos viviendo y que no se diferencian mucho; sólo en los aspectos formales con las que se presentan en los momentos en que escribo este capítulo (ayo del 2012). Lo que me motivó la exposición de Alejandro, según mi costumbre de desempeñarme como cronista de mi época, intenté reflejarlo en una crónica publicada en El Puerto Información, de Andalucía, con el título “EN BUSCA DE LAS ALTURAS.”, con fecha 30 de octubre del 2004, la que cito a continuación: 

“(…) cuando muchas cosas que me rodean se desmoronan y se vienen abajo estruendosamente, alimentando la desesperanza, las incertidumbres y el hastío que pugnan por imponerse dentro del medio en que vivo, toparme con una experiencia que va en busca de las alturas sin ser perturbada por esos retrocesos generalizados, fue como encontrar una zona de luz dentro de lo oscuro, generadora de una fe que se manifiesta de forma contagiosa; pero cuando esa búsqueda de las alturas ha sido además realizada por un hijo, el bienestar espiritual desborda nuestras vidas, y es de esa experiencia muy personal que viví hace algunos días de la que quiero escribirles en esta oportunidad, cuando todavía estoy impresionado por la exposición de arte escultórico a que hube de asistir en la Galería del Teatro Nacional de Cuba, presentada como parte de la programación del 19 Festival Internacional de Ballet de La Habana, en donde mi hijo Alejandro expone 10 esculturas de mediano y pequeño formato, unas talladas en maderas preciosas cubanas y otras construidas con técnicas tan contemporáneas como son el ferro cemento, la fundición de hormigón en molde de yeso e incluso en molde de papel. 

Para mí un encuentro así dentro de una gran galería de arte, con piezas que he visto surgir y crecerse hacia las alturas fue un verdadero mazazo al espíritu, que me motivó reflexiones sobre conceptos básicos del tránsito que deviene nuestra vida terrenal y de la necesidad de dar paso y de estimular la carrera de los jóvenes que deben superarnos porque sólo con este relevo es que la vida puede ser realmente cada vez mejor.

Comprendí de nuevo con mucho colorido lo dañino del ego que todos llevamos dentro, del cual ya les he hablado y que también se manifiesta en los padres cuando nos empeñamos en ver siempre a nuestros hijos como a niños que nunca crecen y que no pueden superarnos en nuestra experiencia cultural y de vida. Experimenté allí, de manera práctica y concreta entonces, lo hermoso que verdaderamente resulta ser superado por los hijos, lo importante de saber darles paso y de allanarles el camino para que puedan avanzar más que nosotros mismos, porque cuando el ego que llevamos dentro nos hace vernos como únicos e insustituibles daña a todos los que nos rodean e hipoteca el futuro con lo viejo y con lo que necesariamente por ley de la vida debe morir. Esta preponderancia del ego nos impide disfrutar de la sublime satisfacción que nos embarga cuando vemos que el futuro siempre puede ser mejor y superior a nuestro pasado, a nuestro presente y a nuestras obras. Esto debería ser comprendido por todos los que ya entramos en la tercera edad, porque lograrlo de seguro que nos hará más feliz el tiempo de vida que nos queda por delante y será muy beneficioso para el entorno que nos rodea y para quienes vienen detrás de nosotros. 

En aquellos momentos, en medio de mucho público que apreciaba la exposición, tuve que imponerme al sociólogo y al teólogo que afloran en mi persona, para que dejaran de lado lo especulativo del pensamiento y se concentraran en el mensaje que Alejandro emite con sus esculturas surgidas del devenir existencial de los giros y expresadas en figuras pletóricas de una fantasía espacial, en donde movimiento y belleza de formas me hicieron ver al futuro en desarrollo y adquirir fuerzas para pasar por encima de las obsolescencias y los temores que nos ahogan. Con Alejandro recordé que mi ego personal y que los egos que se nos imponen devienen grandes enemigos.” (Fin de la cita)

Después de aquella experiencia tan sentida con mi entorno y la niñita que comento más arriba, reafirmada por las meditaciones que me provocó la exposición de mi hijo Alejandro, las amarguras volvieron a mi conciencia porque estoy rodeado de muchas y a veces tengo que exponerlas para no explotar y escribí de nuevo una crónica al respecto con el título “AMARGURAS VERSUS BONDAD.”, que publiqué en El Puerto Información, de Andalucía, España, con fecha 1 de noviembre del 2004, que cito:

“(…) las amarguras que invaden nuestras vidas cotidianas, cuando dejamos que nos dominen, pueden convertirnos en personas hoscas, agresivas, injustas y de mal carácter, así como llenas de indiferencias por los demás. Esta realidad ha aumentado sensiblemente a mí alrededor, porque atravesamos circunstancias que rayan en los límites posibles caracterizadas por amenazas de agresión, medidas restrictivas y respuestas complicadas que se desenvuelven en una verdadera espiral que nos mantiene en vilo, para la que no tenemos posibilidades inmediatas de salirnos de su alcance y como característica específica nos sorprende regularmente con hechos y situaciones que empeoran nuestras calidad de vida, pero que con independencia de las polarización que se agudiza entre nosotros pueden presentarse dentro de otras circunstancias y latitudes, también. 

Estos problemas han ido amargando sensiblemente a muchas personas que tienen incidencia social en su actividad cotidiana y que van haciendo del maltrato a los que deben atender un hábito pernicioso que aparece por todas partes. Sencillamente descargan sus problemas y dificultades sobre los demás y se apartan de las respuestas amables y del trato bondadoso. Endurecen sus formas de ver y analizar la vida y hacen del desencanto un prisma para mirar hacia su entorno. Poco a poco se van alejando de las bellezas de la naturaleza y de la sociedad. No entienden de los derechos ajenos y de la necesidad de su respeto irrestricto como base de la paz social. Se hacen egoístas en caso extremo y sólo se preocupan por salir ellos adelante, aún pasando por encima de las cabezas de los que tienen alrededor o de los que dependen de su labor cotidiana. 

La palabra prójimo es incluso desterrada de su lenguaje para ver en cada nueva persona que se les acerca un posible enemigo y muy pocas veces o casi nunca como un posible amigo, se apartan de lo altruista y lo desinteresado en el sentido material para buscar conveniencias sólo para ellos en todo lo que hacen. 

Cuando este mal se enraíza en los servicios sociales, adquiere una dinámica multiplicadora porque convierten el maltrato y el desprecio por los demás en una cadena interminable que se retroalimenta y se extiende de manera casi ininterrumpida. En estos casos las formas elementales de educación y las buenas costumbres son sustituidas por las groserías y lo burdo, catalizadores de los malos tratos y de la deshumanización. 

Son problemas y manifestaciones bastante generalizados que observo con gran preocupación y creo que si no nos disponemos a romper la cadena que los caracteriza serán cada vez más difícil de superarlos y pueden, incluso, desterrar la nobleza de espíritu y la bondad de los hábitos cotidianos con una gran carga de hipocresía y doble moral. 

Debo decir además que son realidades molestas y difíciles de reconocer, pero que no se pueden dejar de mencionarlas, porque su solución comienza precisamente a partir del reconocimiento de su existencia y del ejercicio de la crítica sin cortapisas ni limitaciones para identificar sus causas y efectos al objeto de proceder en consecuencia. Otro factor importante que conlleva su desenvolvimiento es el aumento de la violencia en el lenguaje para tratar a los demás y en las acciones cotidianas.” (Fin de la cita)

Esas amarguras a las que me refiero, que me rodeaban entonces y aún hoy en el tiempo transcurrido, no son extrañas ni muy especiales porque forman parte de un estado de ánimo existencial que durante años se ha extendido en todo el pueblo cubano, que entre otros efectos dañinos han sido motivos para las incertidumbres y el miedo por lo que pudiera venir. En estas circunstancias escribí un artículo con el título “EL MIEDO AL FUTURO”, publicado con fecha 13 de noviembre del 2004 en El Puerto Información, de Andalucía, España, en el que expresé algunas consideraciones y análisis que quiero dejar plasmado en mis memorias.

“(…) el miedo al futuro es una manifestación de la vida social que se presenta con mucha frecuencia en el medio que me rodea y que considero deviene un factor reaccionario que tara nuestras acciones inmediatas y que nubla nuestro entendimiento para comprender que todo futuro debe forjarse dentro de cada presente, y que cuando no se piensa en el futuro se limitan los marcos de referencia del hoy que transitamos y se hipotecan los futuros escenarios que dan razón de ser a nuestras vidas. 

Este es un asunto muy importante, que va más allá de la mera especulación filosófica y que no se debe pasar por alto en nuestras circunstancias, que se caracterizan precisamente por haberlo convertido en una actitud muy extendida que nos enajena de nuestros verdaderos intereses encaminados a lograr una vida mejor, porque de aceptarlo como algo sin remedio ni posibilidades de cambiarlo, se desarrollaría esencialmente una conciencia de que todo debe ser siempre tal y como lo vivimos en el momento, sin posibilidad de alcanzar nuevas circunstancias favorables para los desarrollos positivos, lo que inmovilizaría nuestras voluntades de superación, conforme a las dialécticas del movimiento de la vida y de la naturaleza y entonces en consecuencia nos hacemos rehenes del hastío y de la desesperanza que percibo por todas partes. 

Yo sé, porque lo experimento en toda su crudeza, que la lucha por la subsistencia diaria es algo prioritario para poder tener un futuro, porque si perecemos en el presente no podremos alcanzar el futuro que tanto añoramos, pero pienso que de nada nos valdría tampoco no perecer en el presente si a cambio hipotecamos el futuro que tenemos por delante y nos atamos a una única situación dada sin desarrollos verdaderos, que por desgaste se haría cada vez más desfavorable. 

Es por eso que considero que por difícil y complejo que sea, tenemos que hacer tiempo para forjar el futuro y no podemos caer en la inercia que ata nuestras voluntades par realizar las rectificaciones, las correcciones y el desarrollo. Cuando hablo de estos dilemas en los lugares que frecuento, no faltan quienes me dicen que son sueños y concepciones idílicas mías porque contra el destino poco se puede hacer, esos están atados al fatalismo de los destinos predeterminados y piensan que lo mejor es sólo vivir el momento feliz como dice una vieja canción muy popular en mi época de joven. 

También algunos un poco más interesados me preguntan ¿y…por dónde podríamos comenzar? Esa pregunta es muy importante y también muy difícil de responder en abstracto, porque no es un asunto simplemente de recetas ni de consejos. Creo que constituye algo crucial que exige de nosotros una reconsideración completa de lo que somos y de las circunstancias en que nos desarrollamos y que no podrá emprenderse ningún camino hacia el futuro, si antes no tomamos conciencia de nuestro libre albedrío de conciencia, de pensamiento, de palabra y de acción. 

Y esa cualidad esencialmente humana no se nos puede arrancar, pero sí podemos inhibirla nosotros mismos por acción del miedo, del oportunismo y de la enajenación que nos encadenan con el presente. Sin superar el miedo al futuro no podríamos salir de los presentes adversos que expresamos en nuestras quejas y valoraciones más intimas. Yo no concuerdo con ese refrán o dicho que dice que todo tiempo pasado fue siempre mejor, yo creo, en cambio, que todo tiempo futuro puede se mejor, si así nos lo proponemos, perdemos el miedo a lo que nos depara y actuamos en consecuencia.” (Fin de la cita)

La conclusión es clara, el futuro tenemos que forjarlo en nuestro presente, porque si el presente fracasa no habrá futuro posible. En este orden de cosas los miedos, las amarguras y los desencantos pueden crear actitudes existenciales negativas que podrían marcarnos para siempre. Así fue que me propuse un análisis al respecto con el título “IRSE POR ENCIMA DE TODO…” que publiqué con fecha 20 de diciembre del 2004 en El Puerto Información, de Andalucía, España, cuya vigencia quizás sea aún presente:

“(…) el desencanto, la falta de ilusiones y la desesperanza que aquejan a muchas personas en el medio en que me desenvuelvo, crean en los espíritus que se dejan agobiar por estas situaciones unas características muy especiales que muchas veces se visten con la simulación movida por el miedo. Quiero escribirles al respecto con motivo de un hecho que he tenido muy cercano, pues hace algunos días un colega profesor se marchó del país sin despedirse de nadie y ni siquiera informar en confianza a quienes tenían la responsabilidad de sustituir su vacante para que sus alumnos no se quedaran plantados. 

Lo hizo sin tomar en consideración que ninguna de las personas responsables de resolver estas situaciones hubiera podido hacerle daño a su salida permanente del país, porque fue legal. Luego, mi colega no tenía razón alguna para ocultar su viaje. Yo no quiero inculpar a la persona en específico, cada cual es un mundo y tiene sus problemas, además de que las causas de la desesperanza son harto conocidas en nuestro medio, donde sólo las niegan los que se empecinan en no ver las realidades que tienen ante sus ojos. 

Pero, en cambio, sí quiero analizar desde un punto de vista sociológico, algo que está sucediendo a mi alrededor y que pienso corroe por dentro las bases de la familia, de la amistad, así como de las lealtades fraternales entre amigos y/o colegas de trabajo, más aún con las tareas que se realizan en beneficio de los demás y con los valores de la franqueza, la sinceridad e incluso el honor. Esto lo quiero extraer del caso concreto, ya que no es aislado sino que deviene una reiterada manifestación que se presenta con mucha frecuencia, porque resulta noticia cotidiana conocer que de buenas a primeras unos vecinos, unos amigos, unos compañeros de trabajo o incluso de iglesia, se fueron sin despedirse de nadie ni siquiera de los familiares cercanos que se quedan en el país. 

Los que lo hacen de forma ilegal es lógico que no lo anuncien, pero los que salen legalmente a veces son dominados por un miedo generalizado que los lleva a ocultarlo, también, y actuar escondidos. Todo en una constante simulación y en un cálculo frío que mina la confianza y que resquebrajan las bases sociales en que convivimos. A mí me preocupan mucho estos hechos, no porque crea que los que quieran marcharse no deban hacerlo, todo lo contrario, porque yo considero que cada cual es dueño de su destino y debe conducirse conforme a su conciencia y a lo que sus necesidades le dicten, pero siempre con respeto a los valores y los principios en que se asientan las relaciones de familia, de compañerismo de trabajo, de iglesia o incluso de amistad, porque cuando estos valores se olvidan la sociedad se resiente en sus bases fundacionales. 

Romper con todo sin respeto de los valores y de las relaciones que resultan esenciales, es caer en unos desgarramientos que pueden marcar para siempre la vida de los que lo hacen. Además de las secuelas de desengaños, así como de dolores que dejan tras de sí y que pudieran convertirse en rencores sordos y subconscientes, con posibilidades de salirse de los causes y marcos de referencia que deberían contenerlos y neutralizarlos, en favor de la salud, de la paz de la sociedad y del futuro que debemos forjar con nuestros esfuerzos y nuestras luchas cotidianas para el bienestar de todos. Estas son realidades nuestras muy complejas que debemos afrontar, de las que les doy testimonio.” (Fin de la cita)

Continuará.

Publicado en Unicornio

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Félix Sautié Mederos

Licenciado en Ciencias Sociales, especializado en Economía. Licenciado en Estudios Bíblicos y Teológicos. Corresponsal Permanente en Cuba de la Revista Tiempo de Paz...  Leer más